CONOCER Y AMAR AL ESPÍRITU SANTO
Conocer y Amar Al Espíritu Santo
El presente tema está desarrollado tomando en cuenta una serie de numerales de la Exhortación de León XIII, denominada la Divinum Illud Munus, Sobre el Espíritu Santo.
A continuación se describen algunos puntos desarrollados de la Exhortación.
Interrogación de San Pablo «si habían recibido el Espíritu
Santo», contestarían a su vez: «Nosotros, ni siquiera hemos oído si existe el
Espíritu Santo» (Hch 19, 2).
«Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá
vuestro abogado; en cambio, si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7).
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En una gran parte de
personas es muy escaso su conocimiento sobre El;
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Cuiden recordar y
explicar claramente los muchos y grandes beneficios que del Divino Dador nos
vienen constantemente, de forma que desaparezca el error y la ignorancia,
impropios de los hijos de la luz.
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Cuanto más clara y
plenamente se conoce el bien, más intensamente se le quiere y se le ama.
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Debemos amar al
Espíritu Santo, porque es Dios: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma y con toda tu fortaleza (Deut 6, 5).
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Ha de ser amado, porque
es el Amor sustancial eterno y primero, y no hay cosa más amable que el amor; y
luego tanto más le debemos amar cuanto que nos ha llenado de inmensos
beneficios que, si atestiguan la benevolencia del donante, exigen la gratitud
del alma que los recibe.
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El que ama, dice Santo
Tomás, no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se
esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen intrínsecamente, y
así entra en su interior, como del Espíritu Santo, que es amor de Dios, se dice
que examina hasta lo profundo de Dios. 1 Cor 2,10
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Cuídese bien de que
dicho amor no se limite a áridas disquisiciones o a externos actos religiosos;
porque debe ser operante, huyendo del pecado, que es especial ofensa contra el
Espíritu Santo.
No le entristezcamos
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El «Espíritu Santo es
espíritu de verdad, si alguno falta por debilidad o ignorancia, tal vez tenga
alguna excusa ante el tribunal de Dios; más el que por malicia se opone a la
verdad o la rehúye, comete gravísimo pecado contra el Espíritu Santo.
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El Espíritu Santo habita
en nosotros como en su templo, repitamos con el Apóstol: «No queráis contristar
al Espíritu Santo de Dios, que os ha consagrado» (Ef 4, 30). Para ello no basta
huir de todo lo que es inmundo, sino que el hombre cristiano debe resplandecer
en toda virtud, especialmente en pureza y santidad, para no desagradar a
huésped tan grande, puesto que la pureza y la santidad son las propias del
templo.
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«Pero ¿es que no sabéis
que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno
osare profanar el templo de Dios, será maldito de Dios, pues el templo debe ser
santo y vosotros sois este templo» (1 Cor 3, 16.17).
Pidamos el Espíritu
Santo
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Conviene rogar y pedir
al Espíritu Santo, cuyo auxilio y protección todos necesitamos en extremo.
Somos pobres, débiles, atribulados, inclinados al mal: luego recurramos a El,
fuente inexhausta de luz, de consuelo y de gracia. Sobre todo, debemos pedirle
perdón de los pecados.
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Es el Espíritu Santo
don del Padre y del Hijo, y los pecadores son perdonados por medio del Espíritu
Santo como por don de Dios, lo cual se proclama expresamente en la liturgia
cuando al Espíritu Santo le llama remisión de todos los pecados.
Cuál sea la manera
conveniente para invocarle
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La Iglesia, que
suplicante se vuelve al mismo Espíritu Santo lo llama con los nombres más
dulces, padre de los pobres, dador de
los dones, luz de los corazones, consolador benéfico, huésped del alma, aura de
refrigerio; y le suplica encarecidamente que limpie, sane y riegue nuestras
mentes y nuestros corazones, y que conceda a todos los que en El confiamos el
premio de la virtud, el feliz final de la vida presente, el perenne gozo en la
futura.
El Espíritu Santo y la
Virgen María
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Unid a nuestras
oraciones también las vuestras, así como las de todos los fieles, interponiendo
la poderosa y eficaz mediación de la Santísima Virgen.
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Íntimas e inefables
relaciones existen entre ella y el Espíritu Santo, pues que es su Esposa
inmaculada.
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La Virgen cooperó con
su oración muchísimo así al misterio de la Encarnación como a la venida del
Espíritu Santo sobre los apóstoles.
Conclusión
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Debemos suplicarle con
confianza y constancia para que diariamente nos ilustre más y más con su luz y
nos inflame con su caridad, disponiéndonos así por la fe y por el amor a que
trabajemos con denuedo por adquirir los premios eternos, puesto que Él es la
prenda de nuestra heredad (Ef 1, 14).
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Benedicto XVI: El
Espíritu Santo, “como luz intangible da significado a la oración, da vigor a la
misión evangelizadora, hace arder los corazones de quién escucha la buena
noticia, inspira el arte cristiano y la melodía litúrgica.
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El Espíritu de Dios
habita en nosotros (cf. Rm 8, 9; 1 Co 3, 16) y "Dios ha enviado a nuestros
corazones el Espíritu de su Hijo" (Ga 4, 6).
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San Pablo dice que no
puede haber auténtica oración sin la presencia del Espíritu en nosotros.
Escribe: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no
sabemos cómo pedir para orar como conviene ¡realmente no sabemos hablar con
Dios! más el Espíritu mismo intercede
continuamente por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los
corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a
favor de los santos es según Dios" (Rm 8, 26-27).
Oración
Santa María, Madre de Dios, te suplicamos que continúes,
realzando con tu patrocinio nuestras comunes oraciones, para que en medio de
las afligidas naciones se renueven los divinos prodigios del Espíritu Santo,
«Manda tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra» (Sal 103,
30) .
“Que el Espíritu Santo inspire valerosos
propósitos de paz y sostenga el empeño de llevarlos adelante, a fin de que el
diálogo prevalezca sobre las armas y el respeto a la dignidad del hombre supere
los intereses. Que el Espíritu, que es vínculo de comunión, enderece los
corazones desviados por el egoísmo y ayude a la familia humana a redescubrir y
custodiar con vigilancia su unidad fundamental.
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